Breve historia de los aceites aromáticos
- Greisy Pérez
- 20 jul 2017
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La historia de la aromaterapia puede resumirse en cuatro grandes épocas. La primera es aquella en el curso de la cual se utilizaban las plantas aromáticas exactamente como se encuentran en la naturaleza y en forma de infusiones o decocciones. La segunda en la cual las plantas aromáticas eran quemadas o puestas a macerar en un aceite vegetal. En esta época interviene la noción de la actividad ligada a la substancia olorosa.
Durante la tercera época tenemos la investigación respecto de la extracción de esta substancia olorosa Es el nacimiento del concepto del aceite esencial que termina en la creación y en el desarrollo de la destilación. Y, por último, la cuarta época, que es el período moderno, en la cual el conocimiento de los compuestos o componentes de los aceites esenciales interviene y explica las actividades físicas, químicas,
bioquímicas, terapéuticas, y por último, electrónicas de los aromas vegetales.
LOS DATOS MAS ANTIGUOS
Hace 40,000 años los aborígenes del continente australiano aprendieron a adaptarse a las duras condiciones de vida de su medio ambiente y lograron el desarrollo de un conocimiento excepcional de la flora indígena. De esta manera utilizaban cotidianamente las hojas de la Melaleuca alternifolia cuyo aceite esencial, el tea tree o árbol del té, es de una importancia mayor en la amplia gama de la aromaterapia moderna.
Las tres grandes cunas geográficas de la civilización aromática: la India, la China y la región mediterránea, nos han legado conocimientos que todavía son válidos en nuestros tiempos
Los orígenes
Para hablar de la cuna de los aceites aromáticos debemos remontarnos hasta el antiguo Egipto. El aceite que conocemos actualmente difiere considerablemente de los aceites que se utilizaban en aquel entonces; ahora se obtienen por modernos métodos de destilación y antiguamente eran maceraciones. Se reconoce a los antiguos egipcios como los fundadores de la aromaterapia aunque algunos arqueólogos establezcan que no tenían ningún conocimiento de destilación. La mayoría de sus aceites curativos y ungüentos se preparaban al colocar las plantas aromáticas en un aceite vegetal o en grasa animal y se dejaba la mezcla en un proceso de “infusión”, directamente a los rayos del sol por varias semanas.
El famoso historiador griego Dioscórides decía que los egipcios eventualmente adquirieron el conocimiento de la destilación, a pesar de que fuera una versión relativamente primitiva, puesto que se vertía agua en grandes recipientes de barro que contenían ya el material vegetal, (por ejemplo, resina de cedro) y las aberturas de estos recipientes se cubrían con fibras de lana. En seguida se procedía a calentarlos, y el aceite esencial se elevaba con el vapor saturando la lana. Terminado el proceso, se exprimían las fibras de lana para obtener el aceite. Otro método utilizado por los egipcios era exprimir las plantas frescas colocando los pétalos en una bolsa de tela y, mas tarde, como se aprecia en un bajo- relieve que está en el museo del Louvre en Paris, dos hombres, sosteniendo dos varas unidas a los lados de la bolsa de tela, la retorcían para que saliera la esencia contenida en los pétalos.
Esta era la manera en que los egipcios preparaban las esencias para embalsamar a sus personajes reales, ya que descubrieron que la esencia o el aceite de pino, de cedro, de mirra y canela tienen la propiedad de retardar la putrefacción y el deterioro de los cuerpos. Por ello los utilizaban con tal habilidad que, por ejemplo, cuando la tumba de Tutankamen fue descubierta y abierta en 1922, los arqueólogos descubrieron un pomo de estos bálsamos que todavía olía a incienso. Asimismo, algunos científicos que analizaron los vendajes de una momia de 3,000 años percibieron los aromas de mirra y cedro a medida que iban retirando las tiras de tela.
Fue en Egipto entre el año 3,000 y 2,000 a.C. - época en que se utilizó un método rudimentario de destilación - que el uso de las plantas aromáticas alcanzó un desarrollo importante. Los médicos de esa época los utilizaban para curar a los enfermos, pero también los aplicaban en sus prácticas mágicas. Las plantas provenían de las regiones aledañas, aunque en ocasiones las hacían llegar desde Etiopía o el Oriente. Se utilizaban vinos aromáticos por sus virtudes anestésicas. Sin embargo, fue en el arte de embalsamar, que consistía en impregnar totalmente las telas de los difuntos con una mezcla de aceites aromáticos, particularmente el aceite de cedro y mirra que su empleo se extendió en todas las capas de la sociedad.
Las fumigaciones aromáticas eran ampliamente utilizadas a partir de una mezcla de 60 plantas, fórmula llamada kyphi que era igualmente quemada en las habitaciones para desinfectarlas y también se utilizaba como remedio. Esta mezcla aromática se expandió hasta Grecia y Roma. Hacia el año 1500 a.C. los documentos que se atribuían a Imhotep indican que las recetas eran muy parecidas a la aromaterapia moderna. En esa época, en Egipto, aunque no se les llamada aceites esenciales, las plantas aromáticas fueron empleadas en gran profusión y entre ellas se encuentras las resinas aromáticas. Las bayas de enebro común y las cortezas de la canela eran utilizadas comúnmente en aquellos tiempos ya sea maceradas en los aceites o en forma de ungüentos y vinos medicinales. De igual manera, probablemente, en la forma de aceites esenciales.
La mezcla conocida como kyphi era verdaderamente espléndida ya que incluía el cálamo que contiene una substancia narcótica y alucinógena llamada asarona. También se incluía la cassia, el azafrán, el espicanardo, la canela, y el enebro... todo esto mezclado con miel, pasitas y vino. Esto era una especie de bálsamo o ungüento. Dioscórides lo llamaba perfume, “un perfume digno de los dioses”. Este famoso kyphi se quemaba como incienso debido a que producía cierto sopor, pero lo mismo se ingería como medicina o se aplicaba externamente como tratamiento para las heridas y desórdenes de la piel.
En cuanto a los griegos, consumían en grandes cantidades las substancias olorosas naturales y varias obras fueron escritas para alabar sus propiedades e indicar las mejores regiones de producción. Plinio, en su libro número 13 de su Historia Natural habla de los árboles y vegetales productores de esencias. Hipócrates, el Padre de la Medicina, indica en el libro Aforismos que se le atribuye la utilidad de los baños aromáticos en el marco del tratamiento de enfermedades femeninas. En Atenas luchó contra las epidemias y, particularmente, contra la Gran Peste que exterminó la ciudad, haciendo quemar lavanda, romero, hisopo y ajedrea, y seguramente otras plantas aromáticas. Mas tarde un uso más sistemático de los aromas se desarrolló en Grecia en forma de masaje.
Los griegos adoraban las flores tanto que las utilizaban en guirnaldas para la cabeza y en vistosos collares. Decían que la rosa y el jacinto, con sus fragancias balsámicas, al igual que casi todos los aromas frutales y de especias, daban vigor a una mente cansada, mientras que los lirios y los narcisos se calificaban como opresivos, hacían que la persona se sintiera laxa si lo utilizaba con demasiada frecuencia. Hipócrates, por ejemplo, alababa las virtudes de un baño diario, un baño aromático, y un masaje que fuera también con aceites perfumados.
Eufrasto, autor del Tratado de los Olores, establece el interés terapéutico de los perfumes y observa los principios fundamentales de la acción de los aceites esenciales sobre los órganos internos. Va mas allá todavía y le otorga a los perfumes propiedades específicas en cada parte del cuerpo de la mujer para aumentar su belleza. Dioscórides redacta, en el primer siglo de nuestra era, una obra de fitoterapia que contiene numerosas plantas aromáticas.
En la India... Hace mas de siete mil años las aguas aromáticas se conocían y se utilizaban. Los perfumes eran ampliamente utilizados en medicina y los Rishis o maestros recomendaban su uso en los sacrificios religiosos, pero también para tratar el cuerpo y el espíritu. La India es el país de origen de la albahaca en donde esta planta ha sido siempre sagrada. Hace tres mil años los Rig Veda y otros documentos religiosos sugerían una gran variedad de fórmulas para baños y masajes en donde se utilizaba la canela, la mirra, el cardamomo, el coriandro, el jengibre y muchas otras plantas aromáticas. Las plantas se utilizaban de acuerdo a sus acciones fisiológicas. Existían entonces instalaciones para la destilación de los aceites esenciales. La medicina ayurveda codificó el uso de numerosas plantas aromáticas como, por ejemplo, el Coriandrum sativum y la Cinnamomum verum o sea, el cilantro o semillas de coriandro y la canela.
Los Romanos
Los perfumes y bálsamos curativos tan populares en Grecia pronto hicieron su entrada en la Roma de la moda. Plinio describe un ungüento muy costoso llamado susinum que se originó en Atenas y decía que estaba compuesto de extractos de lirios blancos, de rosas, de azafrán y de mirra. A este susinum, a la vez que le daban un valor cosmético, lo empleaban como diurético y para aliviar las inflamaciones vaginales. Los romanos han sido el pueblo más limpio que se conoce de aquel tiempo. Adoraban los baños, no solamente aquellos para mantenerse limpios sino también los baños termales que utilizaban con frecuencia. Los romanos eran aficionados a los masajes aromaterapéuticos, en especial las familias pudientes quienes tenían masajistas de planta para que diariamente los ungieran con aceites aromáticos.
En las Orillas del Eufrates
En Mesopotamia una inscripción que se remonta a cuatro mil años hace mención de la utilización de los aceites en un marco de ritos religiosos y para luchar contra las epidemias. En Babilonia, una forma primitiva de aromaterapia consistía en quemar las ramas de ciprés y de otras plantas aromáticas para luchar contra los espíritus malignos considerados como portadores de enfermedades y epidemias.
La tradición en Asia
De las civilizaciones asiáticas, en la antigua China la medicina herbal fue usada, junto con la acupuntura y el masaje para tratar un buen número de
molestias y enfermedades. Los chinos se involucraron en esa búsqueda de la inmortalidad a través de la práctica de la alquimia. El alquimista solía quemar incienso y llenarse de perfumes especialmente preparados, antes de iniciar cualquier experimento. Los alquimistas creían que el perfume o la “quintaesencia” de las plantas contenían fuerzas mágicas, pero también albergaban a los espíritus de las plantas cuyos poderes los ayudaban a preparar ese “elixir de la vida”.
En China, cerca del año 3,500 a. C. todo lo largo del río Amarillo las maderas de los bosques aromáticos eran utilizadas como incienso. En esta misma región, hace 4,500 años aproximadamente el emperador Shen Nung escribió el tratado mas antiguo de fitoterapia que se haya encontrado y ahí cita numerosas plantas aromáticas. Alrededor de la misma época, otro gran emperador hace referencia al uso de preparaciones oleo-aromáticas para el masaje.
El reino persa del siglo once
Los persas, mil años antes de nuestra era, parecen ser los inventores de la destilación propiamente dicha. Ibn Sina, llamado Avicena, refinó esta técnica y produjo el primer aceite esencial puro, extraído de la Rosa centifolia. Este médico, fundador de la primera escuela de medicina en uno de los principales hospitales persas, utilizó los aceites esenciales en forma terapéutica. Ibn Sina, mas tarde llamado “el príncipe de los médicos” escribió mas de cien obras medicinales de las cuales la más célebre “El Canon de la Medicina” hacía referencia a numerosos aceites esenciales.
Al médico persa Avicena se le acredita haber perfeccionado el arte de la destilación en el siglo XI d.C. Tan avanzado era su método que el aparato utilizado en aquel entonces para la destilación escasamente ha cambiado en 900 años. Él también recomendaba la tracción de los miembros para componer los huesos y una dieta de desintoxicación a base de frutas. Mientras que para la cuestión de perfumes, el aceite esencial de rosas rojas, que se llama Rosa attar, y la menos costosa, “agua de rosas” fueron prácticamente una pasión para todos los persas. La leyenda cuenta que algunos de los califas tenían fuentes con agua de rosas en prácticamente todas las áreas de sus palacios.
Siguiendo las recomendaciones de Hipócrates los médicos árabes confiaban en el poder de los aceites aromáticos y las aguas florales para purificar el aire y para protegerse ellos mismos de las enfermedades. Desinfectaban sus cuerpos y su ropa con esencias aromáticas tales como el sándalo, el alcanfor y el agua de rosas. Avicena creía que las esencias de las plantas fortificaban el cuerpo y el espíritu, y el también promovió la idea de que los aromas placenteros combatían las bajas pasiones como el miedo y la tristeza, que disminuían la vitalidad y contribuían al desarrollo de las enfermedades. En Europa, los primeros tiempos del uso de los aceites esenciales, los legendarios perfumes de Arabia fueron llevados hasta diversos países de ese continente por los Cruzados, junto con el conocimiento de la destilación. Algunas de las familias más ricas instalaron sus propios aparatos de destilación para obtener los aceites esenciales que se utilizaban tanto para medicina como para fabricar perfumes. De hecho, el uso de las flores aromáticas era tan frecuente que existió una costumbre en la Europa medieval de tapizar los pisos de las habitaciones con plantas frescas de lavanda, de tomillo y de manzanilla. Estas brindaban su perfume cuando las personas las pisaban, pero al mismo tiempo los residentes de las casas, así como los invitados, también sabían que las mismas tenían propiedades insecticidas y contra bacterias. Esto era la mejor manera de mantener desinfectadas las casas, a la vez que sus habitantes podían disfrutar de un ambiente fragante.
Los hebreos, por su parte, empleaban los aceites sobre todo en las ceremonias religiosas. Conocían sus virtudes medicinales y los ungían en todo el cuerpo con mezclas tanto para curar enfermedades como para elevar sus almas. Una anécdota importante se relaciona con la “planta sagrada” del pueblo hebreo que sería, para nosotros, el hisopo. De esta manera se traduce comúnmente el término “ezob”. Investigaciones histórico-botánicas han demostrado que, en efecto, el Hyssopus officinalis contiene sobretodo la pinocanfona que le confiere una acción mucolítica específica; el Hyssopus officinalis var. decumbens, por su parte, es rico en linalol, un óxido que es expectorante.
Aunque se supone que sus acciones son muy útiles no se sabe que hayan podido erigir la planta al rango de sagrado en una época donde la lucha anti-infecciosa, sobretodo antibacteriana dependía exclusivamente de la farmacopea vegetal. El “esob” de los hebreos que era considerado justamente como una planta milagrosa y purificadora capaz de eliminar las infecciones más graves es, de hecho, el Origanum syriacum carvacroliferum el cual lo acerca a los reportes de los aceites esenciales que podrían confirmarlo dentro de los estudios de hoy día.